Londres no era una fiesta 

Sociedad 15 de junio de 2017 Por
Impresiones de un viajero en Londres el día después
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        En las primeras horas del día después del atentado al puente de Londres un sol apenas tibio (el frío de la noche aún se ha quedado en las calles) ilumina a una extrañamente vacía Piccadilly Circus. He salido temprano del hotel, situado a pocos metros de aquí, para tomar el pulso a esta ciudad que durante toda la noche fue terreno de sirenas, corridas y gritos. Ahora estoy sentado en los escalones de la fuente central de la plaza, circundada por avenidas que conducen a un tráfico anormalmente escaso. Son ya casi las nueve y media de esta mañana del domingo cuatro de junio de dos mil diecisiete, en la que la gente y los periódicos sólo comentan los atentados de ayer sábado por la noche.

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       Durante la tarde anterior y recién llegado a Londres había recorrido, justamente, puentes y alrededores del que poco después fuera el epicentro del acto terrorista. En aquellas horas todo era bullicio y alegría. El Parlamento, la Abadía, sus calles laterales, avenidas, plazas y el mismo puente, aparecían como enormes hormigueros de transeúntes y vehículos que, en todas direcciones, intentaban atrapar ese espíritu de júbilo que caracteriza a los grandes altares turísticos. La tarde de ese sábado no interrumpió tal fiesta y el anochecer se deslizó conforme los cánones comunes del tiempo de paseo para algunos y de una palpitante ciudad para otros hasta que, a eso de las diez de la noche, todo cambió. La muerte había asestado su artero golpe y ya al comienzo se hablaba en los medios de seis víctimas mortales y de unos cincuenta heridos. Esas fueron las últimas novedades de aquella noche que, más oscura que siempre, había caído sobre la ciudad de Londres.

       Hoy el espanto se refleja en Piccadilly donde, aunque no haya una exhibición extraordinaria de fuerzas policiales, en el ambiente mismo se respira un extraño y tenso silencio. La televisión del hotel  mostraba una especial concentración de carros blindados y patrullas fuertemente armadas en todos los sitios claves de la ciudad. Aquí, en torno a la tan famosa fuente con el angelito negro en su cúspide, todo está llamativamente tranquilo. La gente comienza a transitar y los enormes micros rojos ya circulan de un lado a otro entrecruzándose con los típicos taxis negros y con aquellos otros pintados de chillones colores y propagandas de representaciones teatrales. Londres sigue palpitando como siempre aunque todos sabemos que hoy no es un día más. Es el día después... ó antes?

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       Los escalones de la fuente, ausente hoy el gentío que suele atestarlos, están muy sucios y demasiado duros, por lo que me levantaré y seguiré mi camino. Desde allá arriba Cupido sigue amenazándome con su arco... ¡sin flecha!

       Camino hasta la zona del tradicional Cambio de Guardia. Hay poca gente en las calles aunque, ya avanzada la mañana, los turistas se hayan ido concentrando en las avenidas y parques por donde acostumbradamente se produce el deslumbrante paso de escuadrones y bandas. Me doy cuenta que hoy no habrá caballos, uniformes brillantes ni música marcial.Todo está más opaco y, en un cierto sentido, silencioso. Sólo se percibe el murmullo de la multitud que transita alejándose del Palacio Real al advertir que la tradicional ceremonia ha sido suspendida y que los únicos uniformados pertenecen a la policía y otras fuerzas de seguridad quienes, armados hasta los dientes, recorren las calle a veces sonando sus sirenas, otras en silencio. Advierto que las banderas se hallan izadas a media asta: Londres está de luto.

       Ya se ha informado en los medios sobre siete muertos (además de los terroristas) y cerca de cincuenta heridos, muchos de ellos de gravedad.

       Recorro la ciudad y los puentes en medio de un clima extraño (y no me refiero sólo al meteorológico que se obstina en mezclar chaparrones con momentos de sol) sino al que se vislumbra en cada rostro de los que allí transitan. Cruzo Trafalgar Square y, como un nuevo ejemplo de la diversidad de razas y creencias que habitan en la ciudad de Londres, observo que allí se está realizando una multitudinaria concentración en la cual predominan las túnicas, turbantes de vistosos colores y largas barbas de quienes, desde un escenario enorme, expresan con cánticos y proclamas sus opiniones y argumentos, aunque no logro enterarme, debido al idioma que utilizan y al bullicio de la gran masa de gente allí apretujada, si se trata de una demostración vinculada al atentado o bien de un acto propio de la numerosa comunidad que ahora los ha convocado.

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       Al volver camino al hotel paso nuevamente por Piccadilly y, de lejos, veo al ángel alado siempre exhibiendo su arma en alto y me pregunto si su misión es recordarnos al amor o a la guerra.

       Parafraseando negativamente a lo que un día Hemingway escribiera sobre Paris, concluyo que Londres, hoy, no es una fiesta.

FotosJOSE MARCO FILA

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