Nada es lo que parece. VIVIR EN UN CUERPO DE PAPEL

Espacio Joven 14 de mayo de 2018 Por
Una historia de lucha constante. Hoy se que domino mi mente y con eso basta.
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Pensé muchas veces en escribir esta nota. Por momentos me negué, sintiendo vergüenza que muchos sepan de mi enfermedad. Pero en un instante dije en voz alta: "¿Hasta cuándo voy a ocultarlo? ¿Con qué sentido? ¿Callarme por cuánto tiempo más? ¿Por miedo?"  Eso ya lo viví antes. Pasé por muchas cosas,  sin contarle a nadie. Fue de un otoño a un invierno donde padecí fríos terroríficos, dolores de cabeza, mareos, pérdida del cabello, cansancio… se me caen las lágrimas.

¿Pero sabes que fue lo peor de todo? El MIEDO. Una voz interior se introducía en mi cabeza. Créeme, me comía sin dar vueltas. Constantemente me decía "no, no lo hagas".

No lo podía manejar, sentía que me dominaba, que nunca iba a poder parar. Nadie podía ayudarme. Ni siquiera el mejor plantel medico de Buenos Aires.  Cerré las puertas a todo, no  quería recibir ayuda,  ni siquiera de mi propia familia. Solo deseaba que las cosas siguieran su rumbo. Estaba convencida que quería seguir con esto, que las cosas siguieran así y no iba a parar hasta desvanecerme.

Quería irme, a cualquier lugar o a ninguno. Solo quería desaparecer…

Una tarde de julio, apenas pude "almorzar" Volvía a pelear con mi madre y me fuí. Llegué arrastrándome hasta un parque. Sentía que me desmayaba, se cortaba el aire, no podía hablar, ni emitir sonidos. Temblaba. Todo era Frío. Me quedaba solo un hilo de aliento. Mi llama se apagaba.

Los seres humanos contamos con una luz interior. Una luz que no quiso extinguirse. Esa luz se transformó en un grito, y dije: “BASTA”, “No puedo más… tengo que parar". Inmediatamente, llamé a mi madre y empapada en lágrimas le pedí ayuda. Minutos después llegué a casa. Solo recuerdo que fui a mi habitación y me desplomé. Dormí horas,  casi días. Mi cuerpo lo necesitaba. Mi cuerpo de papel.

Pensé en mí, en mi familia, en mis compañeros del colegio y lo conté. Les dije de mi enfermedad.

Recorrimos muchos lugares, conociendo y asesorándonos con varios profesionales de la salud. Comencé mi tratamiento con excelentes médicos.  Estuvieron a punto de obligarme a internarme. A recibir alimento por medio de una sonda nasogástrica (un dispositivo de nutrición enteral, habitualmente de plástico, que se introduce a través de la nariz y permitiendo llevar el alimento al estómago). Sentía miedo, tomé valor e ingresé a rehabilitación.

 Hoy puedo decirles que mi vida cambio. Estoy muy agradecida sabiendo que tuve el apoyo de mi familia, compañeros y profesionales en el momento exacto. Continuo con mi rehabilitación, pero sé que cada día estoy más cerca de mi objetivo: El Alta médica y que no es nada fácil. La gente puede juzgarnos a personas que padecemos esta enfermedad. Les juro… no es tan simple afrontarlo!

La vida es un largo camino. Se que vendrán muchos nuevos desafíos. Se que aprendí a pedir ayuda para poder recuperarme y sé que mi enfermedad tiene un nombre. Se llama Anorexia.

Anónimo.

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